jueves, 2 de abril de 2009

A la sombra de Karol

dziwisz Hace cuatro años, el 2 de Abril del 2005, sábado después de Pascua, murió  Juan Pablo II.

Ha salido un libro de memorias de su secretario (actualmente arzobispo-cardenal de Cracovia, en Polonia), Estanislao Dziwisz (“Una vita con Karol”, Rizzoli, Milano 2007).

He leído el libro. La mayor parte de las cosas que dice ya las conocíamos, aunque ahora tienen la ventaja de que quien habla de ellas las vivió de cerca como nadie.

Quisiera aquí simplemente mencionar algunos detalles interesantes y más o menos desconocidos –creo- de aquel Papa; hechos que ahora podemos conocer directamente gracias a estos recuerdos de quien estuvo casi cuarenta años a su lado, todos los días, como su sombra: 12 años en Cracovia y 27 en Roma.

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Uno de los capítulos tal vez menos conocidos, y para mí en parte novedoso, es el 13, sobre “La jornada de un Papa”.

He ahí algunos detalles en los que se mezcla lo ordinario con lo importante, lo humano con lo espiritual. La “estructura” vaticana es bastante férrea; pero, eso no impide que cada Papa la haya marcado con su estilo de vida, su carácter e idiosincrasia.

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Precisamente debido a ello, no le fue fácil a Wojtyla acostumbrarse a vivir “encerrado” dentro de aquellos muros y enseguida trató de romper moldes.

Siempre le había gustado la montaña; le aireaba los pulmones y el espíritu. Por eso comenzaron pronto (¡y de qué manera, como veremos!) sus escapadillas. Fueron más de cien sus “expediciones” montañesas, sobre todo a los Abruzos (cordillera que atraviesa el centro de Italia, no lejos de Roma).

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Al principio nadie sabía nada, ni en el Vaticano ni entre los periodistas. La primera vez fue incluso casi picaresca. Ahí se la cuento.
Hacía tiempo que Juan Pablo deseaba  no sólo esquiar sino meterse en la vida normal de la gente, y por eso decidió tentarlo. Al parecer, la idea surgió un día comiendo con sus colaboradores más íntimos. La localidad escogida fue Ovindoli.

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Dos o tres días antes, dos sacerdotes polacos esquiadores, Rakoczy y Kowalczyk, fueron a perlustrar la zona para evitar imprevistos. Finalmente, el 2 de Enero de 1981 salieron de Castelgandolfo, hacia las nueve de la mañana, sin que nadie más –ni monseñores, ni policías- supiera nada.

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En el coche iban el tal Kowalczyk, el chófer, y Racoczy el cual hacía ver que leía el periódico teniéndolo abierto y cubriendo de este modo a los dos que iban detrás: Wojtyla e Dziwisz. Kowalczyk iba conduciendo con extrema cautela, respetando al máximo los límites de velocidad y los semáforos, disminuyendo en los pasos cebra... ¡Imagínense qué hubiera sucedido si hubiera tenido lugar un accidente, una pana del coche o, peor aún, una infracción con detención de la policía y multa correspondiente...! Cruzaron varios pueblos, de manera que el Papa pudo ver así, desde detrás de la ventanilla, cómo era la vida ordinaria de la gente. Al llegar, se pararon en las afueras de Ovindoli, cerca de una de las pistas de esquí donde no había casi nadie. Lograron esquiar, pasear, contemplar, orar...; un día inolvidable.

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El Papa estaba contentísimo del “regalo” que sus amigos le habían conseguido. A la vuelta, sonriendo, les dijo: “¡Lo hemos logrado!”.
Salieron otras veces, buscando siempre pistas más o menos solitarias; pero, era imposible evitar totalmente que hubiera otra gente.

Por lo demás, el Papa se comportaba como un esquiador cualquiera. Iba vestido como todos: casaca, jersey grueso y pantalón, gorro y gafas oscuras.

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Se ponía en fila como todos para subir al ski-pass, pero –por prudencia- tenía siempre delante y detrás uno de los que le acompañaban. Parecía mentira, pero nadie le reconocía (¿quién podía sospechar que aquellos tres o cuatro esquiadores, vestidos como todos los demás y que se comportaban normalmente, eran el Papa y sus secretarios personales? ¡No había sucedido nunca!).

Al final, un día alguien le descubrió: ¡fue un niño de diez años! Era ya hacia el atardecer. Dziwisz y Kowalczyk iban por delante. Rakoczy se había parado esperando al Papa. En aquel momento, más abajo, al final de la pista, había un grupo de esquiadores; y, un poco antes, un niño que corría afanoso porque se había retrasado. Preguntó a Rakoczy: “¿Ha visto a los demás?”.

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Y mientras el monseñor le indicaba el camino, el niño se volvió y vió llegar a otro esquiador. Se quedó boquiabierto y, con los ojos que se le salían, comenzó a gritar: “¡El Papa! ¡el Papa!”. A lo que le replicó Rakoczy: “¿Qué dices, tonto? Piensa más bien en correr hacia los tuyos que si no los vas a perder...”.

Pero, el grupito papal corrió también hacia abajo a toda prisa, se metió corriendo en el coche y salió para Roma... A continuación, cuando la gente empezó a saber que el Papa esquiaba y que podían encontrarlo en las pistas, hubo que cambiar de sistema, comunicarlo “oficialmente” a los de la vigilancia y a la policía italiana... Se acabó aquella “poesía”. A pesar de ello, lograron salir varias veces, quedarse todo el día en la montaña, encender fuergo, comer algo, charlar y cantar...

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Y ahora, en “flash”, algunos detalles más de su vida.
A Juan Pablo II no le gustaba celebrar la Misa solo, ni comer solo; por eso siempre tenía invitados a su celebración y a su mesa. Por cierto que con él no se comía mucho, pero sí de todo; en particular le gustaban los dulces italianos y el café expreso. Mientras le permitió la salud, demostró buen paladar; pasando los años y deteriorándose aquélla, hubo que seguir los consejos del médico. Al final de la jornada, hecha de consultas, audiencias y estudio de dossiers, todo intercalado con momentos de oración, después de haberse retirado por última vez en la capilla, se asomaba a la ventana de su habitación y, desde detrás de las cortinas, contemplaba Roma iluminada, y la bendecía. Con aquella señal de la cruz a “su” ciudad, concluía la jornada y se iba a descansar.    

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Le gustaba viajar. Había viajado toda su vida. Cuando llegó a Papa ya había estado en las principales partes del mundo. Pero, de Papa, quiso ampliar esta posibilidad de apostolado. La razón que daba era: “No puedo esperar a que los fieles vengan a la Plaza de San Pedro.

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Además, muchos no pueden venir aquí... ¡Voy a ir yo a donde ellos!”. Y, sobre todo, quiso ir a visitar a los más pobres: las chozas del Chad, unas favelas de Rio de Janeiro (donde, impresionado por la pobreza, de repente se sacó el anillo y lo dió a aquella gente), un campo de prófugos en Tailandia, en Colombia y Méjico encontró a los indígenas... Y hablaba con todos sin rémoras. A Pinochet, en Chile, le dijo, en el diálogo privado, que había llegado la hora de entregar el poder a las autoridades civiles.

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Después del atentado del 13 de Mayo 1981, apenas pudo, quiso ir a encontrar a Alí Agca, para decirle que le consideraba un hermano y le perdonaba. Estaba convencido de que el atentador, ante el gesto de perdón, habría hablado sinceramente con él ; pero, no fue así. Todo el coloquio se concentró en la pregunta del turco: “¿Por qué no ha muerto Usted?”; y nunca dijo el esperado: “¡Perdóneme...!”. 

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Se preocupó mucho de la situación de Polonia en los años ochenta y la cuestión de “Solidarnosc”; pero, es falso lo que a veces se ha dicho –afirma Dziwisz- de que Juan Pablo había ayudado al sindicato con dinero (otros, en cambio, afirman que es innegable y comprobado que hizo que la ayudaran económicamente...). Otra de sus preocupaciones mayores fue el ecumenismo; por eso, entre otras muchas cosas, propuso y realizó el encuentro de oración con representantes de otras religiones en Asís, en 1986.

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A propósito de este último hecho, no todos en el Vaticano estaban de acuerdo (en 1987 dijo a Andrea Riccardi, fundador de la llamada “Comunidad de San Egidio”:

“Algunos casi casi me excomulgan...”); e incluso se dijo repetidamente que el entonces cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Santo Oficio) era contrario al mismo, lo cual –de nuevo según Dziwisz- es falso.

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En la celebración ecuménica de la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pablo, el 25 de Enero del 2000, no quiso abrirla él solo, sino que esperó un momento hasta que se levantaron y le ayudaron el metropolita ortodoxo Athanasios, representante del patriarca ortodoxo de Constantinopla, y el primado anglicano Carey.

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En 1983, algunos obispos latinoamericanos le aconsejaron que no visitara la tumba de Mons. Oscar Romero, durante su viaje en El Salvador, por considerarlo comprometido políticamente, a lo que él respondió: “¡No! El Papa tiene que ir a visitarla y orar, porque fue un obispo asesinado precisamente durante su ministerio pastoral, durante la celebración de la Santa Misa!”.

Ya antes del 2000 quiso dimitirse, sea por razones de salud (estaba empeorando), sea para seguir la norma de Pablo VI que había determinado que los cardenales de más de ochenta años no participaran en la elección de un Papa; al final decidió abandonarse en las manos de Dios.

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Finalmente, cuando el 2 de Abril del 2005, estaba en la cama en plena agonía, rodeado de unos pocos, los médicos y enfermeros, los secretarios y las religiosas... Se fue despidiendo de todos.

Quiso saludar también a Francesco, el encargado de la limpieza de su aposento. Sus últimas palabras fueron para una mujer, Sor Tobiana, una de las religiosas que cuidaban del piso y cocina. Él le hizo una pequeña señal; ella se acercó y le dijo con voz débil, separando una sílaba de la otra, y en polaco, para que la religiosa lo entendiera bien: “Dejadme... ir... a la... Casa... del... Padre...” (“Pozwólcie... mi odej sc do... domu... Ojca...”).

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Fue su última orden, convertida indirectamente en piadosa invocación a los médicos para que desistieran de un posible encarnizamiento terapéutico para mantenerle inútilmente en vida alguna hora más.

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A las 21’37 horas de aquel día su robusto corazón dejó de latir definitivamente. Alguien paró el reloj de la habitación; y todos los presentes, en vez de un “Requiem”, entonaron espontáneamente, aunque con lágrimas en los ojos, un “Te Deum”.

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Como dijo san Agustín recordando la muerte de su madre, santa Mónica: “No lloréis porque la hemos perdido; ¡dad gracias a Dios porque la hemos tenido!”.

miércoles, 1 de abril de 2009

El Papa describe la riqueza de su viaje a África

En la audiencia general dedicada a reflexionar sobre su reciente viaje apostólico a África, el Papa Benedicto XVI los diversos aspectos de su fructífera visita al Continente, reducida por la prensa al tema del preservativo y la lucha contra el SIDA.

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El Santo Padre comenzó subrayando que con su visita quiso “abrazar a todos los pueblos africanos y bendecirlos en el nombre del Señor”, comenzando por Camerún, un país que resume muchas de las características del continente africano, entre ellas “el alma profundamente religiosa que acomuna a los numerosos grupos étnicos que lo pueblan”.

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El Papa describió luego su encuentro con los episcopados de Camerún, Angola y Sao Tomé y Príncipe, donde reafirmó “la urgencia de la evangelización, que compete en primer lugar a los obispos, subrayando la dimensión colegial fundada en la comunión sacramental”, e invitó a los prelados a “promover la pastoral del matrimonio y de la familia, de la liturgia y de la cultura, también para que los laicos puedan resistir al empuje de las sectas y los grupos esotéricos”, así como a proseguir en “el ejercicio de la caridad y la defensa de los derechos de los  pobres”.

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En la nunciatura apostólica de Yaundé, el Santo Padre se encontró con los representantes de la comunidad musulmana, y recalcó “la importancia del diálogo interreligioso y de la colaboración entre cristianos y musulmanes para ayudar al mundo a abrirse a Dios”.

Benedicto XVI destacó que uno de los momentos culminantes de su viaje fue la entrega del "Instrumentum laboris" de la II Asamblea sinodal para África, el 19 de marzo, en el estadio de Yaundé al final de la Eucaristía en honor de San José.

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“La Asamblea sinodal se desarrollará en Roma -dijo el Papa-, pero de alguna manera ha empezado ya en el corazón del continente africano, en el corazón de la familia cristiana que allí vive, sufre y espera. Por eso, me pareció una feliz coincidencia la publicación del ‘Instrumentum laboris’ con la festividad de San José, modelo de esperanza y de fe como el primer patriarca Abraham”.

“La fe en el ‘Dios cercano’, que en Jesús nos mostró su rostro de amor, es la garantía de una esperanza fiable para África y para todo el mundo, la garantía de un futuro de reconciliación, de justicia y de paz", dijo el Santo Padre.

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Con los miembros del Consejo Especial para África del Sínodo de los Obispos, Benedicto XVI reflexionó sobre “la historia de África desde una perspectiva teológica y pastoral”, recordando las profundas raíces del cristianismo en el suelo africano.

“En la estación actual, cuando África está dedicada a consolidar la independencia política y la construcción de las identidades nacionales en un contexto globalizado, la Iglesia acompaña a los africanos recordando el gran mensaje del Concilio Vaticano II”, agregó.

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“En medio de los conflictos, desgraciadamente muy numerosos y dramáticos, que afligen todavía a tantas regiones en ese continente, la Iglesia -afirmó el Santo Padre- debe ser signo e instrumento de unidad y reconciliación para que toda África construya un futuro de justicia, solidaridad y paz, poniendo en práctica las enseñanzas del Evangelio”.

Hablando de su  visita a Angola, el Santo Padre  señaló que “si el primer objetivo de mi visita fue obviamente confirmar a la Iglesia en la fe, también quise alentar el proceso social en curso”.

“En Angola –prosiguió- se percibe claramente lo que mis predecesores han repetido: todo está perdido con la guerra, todo puede renacer con la paz. Pero para reconstruir una nación hacen falta grandes energías morales. Y, de nuevo, resulta importante el papel de la Iglesia, llamada a desarrollar una función educativa, trabajando en profundidad para renovar y formar las conciencias”.

Hablando de dos encuentros especiales, con los jóvenes y las mujeres del continente africano en Luanda, el Papa, después de lamentar la muerte de dos muchachas que intentaban entrar en el estadio Dos Coqueiros, dijo: “África es un continente muy joven, pero demasiados hijos suyos, niños y adolescentes, ya han sufrido graves heridas que solo Jesucristo, Crucificado y Resucitado puede curar, infundiéndoles la fuerza de amar y de comprometerse con la justicia y la paz”.

En su encuentro con las mujeres, Benedicto XVI reafirmó “su pleno derecho a participar en la vida pública, sin menoscabo de su papel en la familia, misión fundamental que tienen que llevar a cabo siempre compartiéndola responsablemente con (...) sus maridos y padres”.

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“He dicho a los pueblos africanos que, si como el antiguo Israel fundan su esperanza en la Palabra de Dios, ricos de su patrimonio religioso y cultural, construirán un futuro de reconciliación y de pacificación estable para todos” agregó.

Por último, el Papa recordó la “acción generosa de los misioneros, religiosos, religiosas, voluntarios, sacerdotes y catequistas en las jóvenes comunidades llenas de entusiasmo y de fe", y pidió a todos que rezasen “por las poblaciones africanas, que tanto estimo, para que hagan frente con valor a los grandes retos sociales económicos y espirituales del presente”.

martes, 31 de marzo de 2009

La santidad de Don Bosco recordando el 1° de abril de 1934

2_13_3748_ Queridos hermanos,

estamos viviendo el año jubilar por el 150° aniversario de fundación de nuestra Sociedad Salesiana. Son numerosas las iniciativas que se están llevando a cabo en las diversas inspectorías, y un vivo interés histórico sobre los inicios de nuestra familia carismática se está difundiendo por todas partes.

Todo ello hace crecer en nosotros una mayor conciencia de nuestra vocación consagrada salesiana y favorece una madurez carismática que puede dar como aporte una profunda renovación de nuestra vida y misión. Con sentido de humilde gratitud sentimos necesidad de alabar al Señor por el grande don que hemos recibido.

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Al centro de lo que estamos viviendo en este “Año Santo” de la Congregación está la fascinación  por la figura de Don Bosco, que, aún hoy, renueva en nosotros el entusiasmo, atrae el corazón hacia una donación cada vez más plena y refuerza la pasión por la misión juvenil. En estos días el recuerdo de su canonización, acaecida el día de Pascua de hace setenta y cinco años por obra de Pío XI, el 1° de abril de 1934, nos ayuda a comprender que es justo su santidad la que nos conquista. Nuestra admiración por Don Bosco crece a causa de su santidad y es ella la que nos invita a la invocación e imitación de nuestro Fundador.

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1. En mi primer carta a inicios del sexenio pasado, con las mismas palabras del siervo de Dios Juan Pablo II, os escribía así: “Queridos salesianos, sed santos!”. Invitaba de esta manera a hacer de la santidad nuestro programa de vida espiritual y de acción pastoral. Al inicio de este nuevo sexenio, el año de gracia que estamos viviendo nos propone una vez más el compromiso de santidad como el camino principal para “ser una hermosa réplica de la Congregación”, como proféticamente declaraba el mismo Don Bosco.

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La santidad es la belleza de nuestra vida, de nuestras comunidades, de nuestra Congregación. La santidad, que se expresa en el seguimiento radical del Señor Jesús obediente, pobre y casto, representa la fascinación de la vida consagrada. La santidad, vivida como donación total de sí mismo a Dios por los jóvenes pobres, es la fuerza que procede de un testimonio veraz, capaz de suscitar y atraer vocaciones. He aquí el porqué la santidad, junto a su arte y su liturgia, constituye la belleza de la Iglesia. Con razón se puede afirmar por lo tanto: “¡Solo la belleza salvará el mundo!”.

2. La santidad de Don Bosco es la garantía de que su propuesta de vida, su escuela de espiritualidad y su modelo de acción apostólica, constituyen un auténtico camino evangélico que conduce a la plenitud del amor. Siguiendo la vía instaurada por Don Bosco de seguimiento de Cristo, tenemos la certeza de realizar una vida plenamente evangélica, donada totalmente sin condiciones, sin reservas, sin medida. En la escuela de Don Bosco aprendemos también nosotros a ser santos.

3. La multiplicidad y variedad de las formas de santidad, florecidas durante estos 150 años en la Congregación, entre jóvenes alumnos, en la Familia Salesiana, son un signo de la santidad de nuestro Fundador. “La santidad de los hijos es prueba de la santidad del padre”, escribía el beato Miguel Rua a los directores salesianos, al enviarles el testamento espiritual de Don Bosco, pocos días después de su muerte. La primer generación salesiana no tenía duda alguna sobre la santidad de propio “padre e maestro”, aún cuando no podía proclamarla antes de que la Iglesia la reconociera solemnemente.

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Mientras tanto, la santidad que, en sus inicios, la Congregación lograba vivir en el servicio de los jóvenes, aplicando el método extraordinariamente sencillo pero igualmente eficaz utilizado por Don Bosco, habría sido el argumento más válido a favor de la santidad del Fundador. Así, la santidad de los hijos y de las hijas fue creciendo con el tiempo: siguiendo al padre, un gran número de discípulos hizo propia aquella forma simpática de santidad casi “casera”, que es “santidad del trabajo y del patio”.

4. Son tantas las figuras de santos y santas salesianos que se han inspirado en Don Bosco. A nosotros se nos propone el mismo camino: si queremos llegar a ser santos, debemos mirarle a él. Somos herederos de un santo. La santidad es la más grande herencia que él nos ha dejado. Don Bosco nos ha legado una santidad original, hecha de sencillez y simpatía. Una santidad que nos hace amables, buenos, sencillos, asequibles. Es esta la santidad a la que estamos llamados, capaz de atraer a la juventud. Este ha sido el regalo de Don Bosco a la juventud y es este el mejor don que también nosotros podemos hacer a los jóvenes de hoy. Recordémoslo, queridos hermanos: ¡la juventud pobre tiene derecho a nuestra santidad!

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Parafraseando a Don Bosco, podemos decir que es fascinante ser santos, pues la santidad es luminosidad, tensión espiritual, esplendor, luz, dicha interior, equilibrio, limpidez, amor llevado hasta el extremo. Y también la Iglesia, a través del Vaticano II nos recuerda que “todos en la Iglesia están llamados a la santidad” (LG 39). Ello es una prioridad del nuevo milenio: “Sería contradictorio contentarnos con una vida mediocre, vivida bajo el signo de una ética minimalista y de una religiosidad superficial… Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria” (NMI 31).

La santidad no debe intimidarnos, casi como si nos pidiera vivir un heroísmo imposible, reservado a pocos privilegiados. La santidad no es obra nuestra, sino que es participación gratuita de la santidad de Dios, por lo tanto es una gracia. Es un don, más que fruto de nuestro esfuerzo. Toda la persona es introducida en la esfera misteriosa de la pureza, de la bondad, de la gratuidad, de la misericordia, del amor del Señor Jesús. Es entrega total de nosotros, en la fe, en la esperanza y en el amor a Dios; una entrega que se actúa día con día, con serenidad, paciencia, gratuidad, aceptando las pruebas y las dichas cotidianas, con la certeza de que todo tiene sentido ante Dios.

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La santidad de Don Bosco refulge con esplendor, con esperanza y con la dicha de la Pascua. El júbilo del día de Pascua del 1° de abril de 1934, vivido en la Plaza de San Pedro el día de la canonización, coloca la santidad de Don Bosco en una luz pascual. Ante la inminencia de la Pascua de este año de gracia 2009 invito a todos a vivir, con gozo y renovado compromiso, este camino de santidad como novedad de vida.

Cordialmente en el Señor

Roma, 1º de abril de 2009

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor

Carta del Rector Mayor a los Salesianos

1_13_3752_ “La santidad de Don Bosco recordando el 1° de abril de 1934” es el título y el corazón de la carta que el Rector Mayor don Pascual Chávez ha enviado a todos los Salesianos del mundo con motivo del 75° aniversario de la canonización de Don Bosco, que se celebra mañana 1° de abril.

Esta efeméride, escribe don Chávez, debe ayudar a los salesianos a comprender que al centro de su vida y vocación está la santidad del fundador: “Nuestra admiración por Don Bosco crece a causa de su santidad y es ella la que nos invita a la invocación e imitación de nuestro Fundador”.

La santidad, constante tema del pensamiento y magisterio del IX sucesor de Don Bosco, fue el tema de su carta “Queridos Salesianos, ¡sed santos!” (ACG 379). En aquel mensaje, el primero luego de su elección como Rector Mayor en el 2002, el IX sucesor de Don Bosco invitaba a los Salesianos ha hacer de la santidad el programa de la propia vida espiritual y de la acción pastoral.

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La santidad, que es la belleza de la vida, de las comunidades y de la Congregación salesiana “se expresa en el seguimiento radical del Señor Jesús obediente, pobre y casto, representa la fascinación de la vida consagrada”. Los Salesianos están llamados a vivir el alto grado de vida cristiana en la “donación total de sí mismos a Dios por los jóvenes pobres”.

“La santidad de Don Bosco es la garantía de que su propuesta de vida, su escuela de espiritualidad y su modelo de acción apostólica, constituyen un auténtico camino evangélico que conduce a la plenitud del amor”. En estos 150 años de historia de la congregación, son tantas y múltiples las figuras de santidad surgidas en la escuela de Don Bosco, se recuerda en la carta.

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“Queridos hermanos: ¡la juventud pobre tiene derecho a nuestra santidad!” es este el llamado que el Rector mayor dirige a sus hermanos al recordar que la santidad es la “prioridad del nuevo milenio”.

El 75° aniversario de la canonización de Don Bosco es una fecha que enriquece el “año de gracia” que los Salesianos están celebrando en este 2009 por el 150º aniversario de la fundación de la Congregación salesiana, y que recuerda el hecho de que la santidad de Don Bosco está al centro del camino y de la historia del carisma salesiano.

El Papa a los niños de primera Comunión: lo importante es Jesús, no la fiesta

Al encontrarse este domingo con un grupo de niños que se preparan para hacer en pocas semanas la primera Comunión, Benedicto XVI sonriendo les dijo que lo importante es recibir a Jesús en el corazón, y no la fiesta o el banquete.

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Al final de su visita a la parroquia romana del Santo Rostro de Jesús, en el barrio de la Magliana, donde muchas familias, entre las que no faltaban inmigrantes, experimentan duramente los efectos de la crisis, el pontífice quiso mantener un encuentro reservado a los pequeños.

Era una mañana de lluvia y la iglesia era incapaz de acoger a todos los parroquianos.

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"Queridos niños, ante todo ¡feliz domingo! Estoy feliz de estar con vosotros, aunque el tiempo es malo y nos hemos levantado una hora antes...", dijo sonriendo, haciendo referencia al cambio de hora de verano que adoptaron en esa noche varios países europeos.

"Me han dicho que os preparáis para la primera Comunión: el encuentro con Jesús... claro está, ¡feliz fiesta de primera Comunión!", les deseó.

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"El centro de la Comunión no es el banquete, sino que será el mismo Jesús. Pero bueno, el banquete puede ser también bueno...".

Por último, el obispo de Roma dejó esta consigna a sus pequeños fieles diocesanos: "¡Rezad por mí, yo rezo por vosotros!".

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lunes, 30 de marzo de 2009

Yo estuve ahí

1_13_3744_4182 El Sr. Alessandro Novelli, salesiano coadjutor, a sus 101 años narra en una vídeo entrevista sus recuerdos sobre la canonización de Don Bosco, hecho ocurrido el 1° de abril de 1934 en Roma.

“¡La plaza de San Pedro rebosaba, rebosaba de gente! –narra el ultra centenario salesiano, quien estuvo presente en aquel evento- Había tanta, tanta juventud; muchas familias, papás, mamás y sus niños”.

Nacido en marzo de 1908, el Sr. Novelli pudo participar también en la traslación del cuerpo de Don Bosco desde Valsalice a Valdocco, en Turín, con ocasión de su beatificación acaecida en 1929. Transferido después a la inspectoría romana, este salesiano coadjutor participó en la organización del grande evento de la canonización.

En el vídeo, disponible en ANSchannel, el Sr. Novelli recuerda la solemnidad de la celebración y, divertido, habla sobre la fuerte lluvia que de improviso cayó sobre la plaza, “al final cayó un aguacero, ¡nos bañamos todos!”. “Roma –recordó también- se había hecho salesiana, de todas partes salían grupos… ¡fue una cosa ‘espectacular’, había que verlo… impresionante!”

Sus recuerdos abarcan también el clima de devoción y los frenéticos preparativos que fueron organizados en la obra salesiana del Sagrado Corazón, a la cual pertenecióa el Sr. Novelli.

“Don Bosco ha sido para mi vida algo enorme”, concluye así el Sr. Novelli

La canonización de Don Bosco, Setenta y cinco años después.

El 1° de abril de 1934 -solemnidad de Pascua y conclusión del Jubileo extraordinario de la Redención- el Papa Pío XI proclamaba Santo al sacerdote turinés Juan Bosco, (1815-1888).

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Finalizaba así el largo proceso de beatificación y canonización, iniciado en Turín el 4 de junio de 1890. La primera fase (el "proceso ordinario", llamado así porque es conducido bajo la responsabilidad del obispo ordinario del lugar) se concluyó el 1° de junio de 1897. Sólo diez años después, el 24 de julio de 1907, fue iniciado el "proceso apostólico" (romano). Este duró veinte años, hasta el 8 de febrero de 1927, y tuvo sus altibajos. Basta decir que el final de una reunión preparatoria -del 20 de julio de 1926- hizo creer a algunos que la causa de canonización ya no podría proseguir.

Pero ante el profundo interés que en esta causa tenía Pío XI -quien siendo un joven sacerdote había conocido personalmente a Don Bosco ("Nosotros estamos, con profunda satisfacción, entre los amigos personales más antiguos del venerable Don Bosco", así había dicho en una memorable audiencia, el recién electo Pontífice), motivo por el cual había conservado una grande estima por él-  se hizo repetir la misma reunión pocos meses mas tarde, el 14 de diciembre de 1926.

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El éxito de esta nueva reunión abrió el camino a los trámites posteriores: la llamada Congregación General ante el Papa (el 8 de febrero de 1927), y la consiguiente Lectura del decreto sobre la heroicidad de la vida y las virtudes del venerable Juan Bosco (el 20 de febrero de 1927).
Así, después de examinar los cuatro milagros entonces solicitados (dos para la beatificación y dos para la canonización), se pudo proceder a la beatificación el 2 de junio de 1929 y, finalmente, a la canonización el 1° de abril de 1934.

Es propio el proceso romano (1907-1927) -programado, según preveía el procedimiento vigente, con el método de las "objeciones" (animadversiones llevadas a cabo por el llamado "abogado del diablo"), y de las "respuestas" (responsiones preparadas por el abogado defensor, designado por la Postulación)-  contiene los elementos más interesantes para poder reflexionar hoy sobre el sentido -siempre actual- de la canonización de Don Bosco, a setenta y cinco años de distancia.

Las objeciones son bastante conocidas. Se trató sobre todo de la llamada "astucia" de Don Bosco, orientada, según el "abogado del diablo", a una ardiente pasión de éxito personal y de provecho económico. Entre estas también fue colocada -por los mismos motivos- la acusación sobre un cierto tipo de "enajenamiento" sobre los jóvenes, de "no transparencia" (son términos de hoy), en lo referente a asegurarse limosnas y herencias, y de desobediencia casi sistemática al arzobispo de Turín Mons. Gastaldi.

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La contestación a estas objeciones provino -además de parte de los organismos establecidos para el proceso-  de la suma autoridad del Papa. Por consiguiente, sobre todo las palabras de Pío XI, permanecen como un punto de referencia imprescindible para poder releer hoy el sentido profundo de la canonización de Don Bosco.

Al concluir el proceso romano, el 8 de febrero de 1927, el Papa dijo:  "El venerable Don Bosco pertenece a la magnífica categoría de hombres elegidos entre la humanidad, a aquellos colosos de inmenso beneficio; su figura fácilmente se recrea cuando es analizada minuciosamente, rigurosa ante sus virtudes, tal y como sucedió en las precedentes –largas y reiteradas- discusiones, entonces sucede que la síntesis –reuniendo las líneas dispersas- la restituye bella y grande, una figura magnifica, que su inmensa, insondable humildad, no lograba esconder”.

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Y finalmente, en la homilía del 1° de abril de 1934, el Papa hablaba sobre esta "magnífica figura" que viene solemnemente definida como el "apóstol de la juventud, completamente entregado a la gloria de Dios y a la salvación de las almas", distinguiéndose por la audacia de conceptos y modernidad de medios dirigidos a la educación integral del hombre: educación que -según el pensamiento de Pío XI, en polémica no muy secreta con la cultura fascista de la época- no tenía que limitarse solamente a fortalecer el cuerpo, sino que debía contemplar a todo el ser, promoviendo la formación en las ciencias, sin  descuidar jamás las verdades divinas y sobrenaturales.

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Dicho en otras palabras, la canonización de Don Bosco invita irresistiblemente a los educadores de hoy a la validez perenne del sistema preventivo,  basado en la razón, la religión y la “amorevolezza”, y destinado a la edificación del honesto ciudadano y  del buen cristiano: un sistema educativo verificado, en poco más de un siglo, por una legión de campeones de la santidad juvenil como Domingo Savio, Laura Vicuña, los cinco jóvenes mártires de Poznań, Alberto Marvelli, los jóvenes mártires españoles, Ceferino Namuncurà...

Por esta causa, el sacerdote turinés Juan Bosco ha donado su vida, desafiando a los "entendidos" de cada época. Por ello ha ejercido heroicamente las virtudes. Por ello él es santo y permanece para siempre en la gloria de Dios.

Don Enrico dal Covolo
Postulador General para las Causas de los Santos

¡Viva san Juan Bosco!

El grito de "Viva san Juan Bosco" resonó por primera vez el 1° de abril de 1934, al finalizar la fórmula de canonización proclamada por el Papa Pío XI.

Papa Pío XI recibido por la gente en la plaza de San Pedro

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Era el día de Pascua, fecha en que se clausuraba el año Santo del XIX centenario de la Redención. El escenario fue la plaza y la basílica de San Pedro que ese día fueron colmadas de gente.

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"Es el momento más solemne. En toda la Basílica un silencio impresionante. El Papa, de pie, con la mitra en la cabeza, desde su cátedra, en la plenitud de su Sagrado Magisterio, pronuncia con voz alta y clara la fórmula de canonización".

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Esta es la descripción que hiciera entonces el Boletín Salesiano en el número especial de junio-julio, en el que se narraban los momentos que precedieron la proclamación de la santidad de Don Bosco.

Estandarte de Don Bosco expuesto en el frente de la basílica vaticana con ocasión de su canonización, imagen realizada por el maestro Crida.

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La revista, iniciada por el mismo Don Bosco, dedicó los números anteriores y siguientes al 1° de abril, a la preparación, a la crónica de la canonización y a los diversos festejos y eventos celebrados en Roma y Turín.

Trabajos de colocación de la estatua de Don Bosco en la basílica de San Pedro

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En aquel número único especial de junio-julio del Boletín Salesiano fue publicada una  crónica detallada de aquel gran día de alegría para la Iglesia y la Familia Salesiana.

8 de abril de 1934 - Solemnes celebraciones en Turín en ocasión de la canonización de Don Bosco

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La elección de la fecha de la canonización, el día de Pascua, fue elegido "casi como coronación del año Santo", según mencionó el Papa Pío XI en la homilía del 1° de abril, y, ante la fuerte presencia aquel día de la Familia Salesiana, el Pontífice habló acerca del jubileo de los años 1933-1934, calificándolo como "un jubileo salesiano", un "año santo salesiano".

8 de abril de 1934 - Solemne Pontifical presidido por el Cardenal Maurilio Fossati, arzobispo de Turín, en la basílica de María Auxiliadora.

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El Papa, al describir el perfil y la obra del entonces nuevo santo, dijo también en su homilía: "todavía lo recordamos con inmensa alegría, en el lejano tiempo de nuestra juventud, por el consuelo y estímulo que significó en nuestros estudios, y con profunda admiración por las grandes obras que realizó y por sus eminentes virtudes".

El Papa pone a los misioneros como ejemplo del Evangelio dominical

Miles de fieles y peregrinos se reunieron este medio día en la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus dominical con el Papa Benedicto XVI, quien en sus palabras introductorias meditó sobre el pasaje del grano de trigo que muere y da fruto recordando que "solo así es posible librarse del dominio del pecado y vivir como hijos e hijas de Dios Padre".

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“Es esta la voluntad de Dios: darnos la vida eterna visto que la hemos perdido. Para que esto suceda es necesario que Jesús muera, como un grano de trigo que Dios Padre ha sembrado en el mundo. Solo así podrá germinar y crecer una nueva humanidad, libre del dominio del pecado y capaz de vivir en fraternidad, como hijos e hijas del único Padre que está en los cielos”, dijo el Santo Padre.

Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, en el marco de su reciente visita a África, el Pontífice hizo notar que “no es más el tiempo de las palabras y de los discursos; ha llegado la hora decisiva, para la que el Hijo de Dios ha venido al mundo; no obstante su alma esté turbada, Él está disponible para realizar hasta el final la voluntad del Padre”.

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Asimismo el Papa agradeció a Dios y a cuantos de diferentes modos “colaboraron en la realización del viaje apostólico a África” y afirmó que por un lado le impresionó “la visible alegría en los rostros de la gente, el gozo de sentirse parte de la única familia de Dios”, y por otro lado “el fuerte sentido del sacro que se respiraba en las celebraciones litúrgicas, característica común a todos los pueblos africanos”.

“La visita me ha permitido ver y comprender mejor la realidad de la Iglesia en África en la variedad de sus experiencias y de los desafíos que debe afrontar en estos tiempos”, agregó el Pontífice.

Al final de su introducción a la Ángelus, Benedicto XVI relacionó la nueva humanidad con la experiencia de los cristianos en África afirmando: “Hemos experimentado que esta nueva humanidad está viva, si bien con sus límites humanos. Ahí donde los misioneros, como Jesús, continúan dando su vida por el Evangelio, se recogen frutos abundantes”.

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“Ha sido hermoso poder ver el fruto de su amor por Cristo y constatar el profundo reconocimiento que los cristianos les tienen. Demos gracias a Dios, y recemos a Santa María para que en el mundo entero se difunda el mensaje de la esperanza y del amor a Cristo”, concluyó el Papa.

Seguidamente rezó el Ángelus en latín, saludó a los peregrinos en diferentes idiomas e impartió su Bendición Apostólica.